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Las verdades más incómodas del cambio climático no son climáticas

Roberto Fernández

Resumen


(*)El aumento de los gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera es el más comentado —y uno de los más estudiados— de los impactos humanos sobre el planeta por ser motor del cambio climático y de su consecuencia más general y conocida: el calentamiento global. Hay consenso acerca de que estos cambios serán en su mayoría perjudiciales, y por lo tanto también hay muchos análisis sobre cómo evitarlos, o por lo menos atenuarlos. Está claro que las emisiones que resultan en los cambios de composición de GEI provienen de actividades humanas, en parte de la intensificación del uso de la tierra, pero, sobre todo, del uso de combustibles fósiles como carbón, gas y petróleo. Esta conexión entre clima y uso de energía lleva (al igual que la de biodiversidad vs. uso de la tierra) al más general y necesario de los debates ambientales: cómo resolver el aparente conflicto entre desarrollo económico y cuidado del ambiente.

 

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (el tratado internacional más activo en temas ambientales) ya tiene más de 20 años, y la entrada en vigor del Protocolo de Kioto, fijando compromisos de reducción de las emisiones de GEI para los países que lo ratificaron, ocurrió hace casi diez. Los documentadísimos informes a la Convención por parte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que actualizan el estado del conocimiento y los avances hacia esas metas, muestran resultados poco alentadores. Pese a que los compromisos han sido vistos como demasiado modestos (poco más que un puñado de países europeos ha logrado cumplirlos), las últimas Conferencias de las Partes (COPs), aun teniendo en cuenta los recientes y esperanzadores anuncios de China y EEUU —los dos países con mayores emisiones—, han arribado a resultados muy pobres.

 

El propósito de este artículo es proponer varias lecciones que surgen de la corta historia de interacción entre ciencia y política internacional sobre cambio climático, y que creo importantes para la discusión de otros temas ambientales: I) no esperar a que aumenten las certezas científicas para decidir modos de acción, II) no ver los planes de “adaptación” (amortiguación de los efectos) o remediación de los posibles cambios climáticos como una confesión de fracaso acerca de las posibilidades de “mitigación” (reducción) de las emisiones, III) no interpretar la publicación de datos que no confirman nuestras expectativas o conveniencias como un ataque a nuestras convicciones, y IV) no apelar sólo a la responsabilidad individual, ya que es una vía injusta, además de poco práctica.

 

Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, ha escrito recientemente que las dificultades de EEUU para actuar contra el cambio climático son, más que técnicas e incluso económicas, “una mezcla tóxica de ideología y anti-intelectualismo” (New York Times, 8 de junio de 2014). Una opinión diferente, pero que también enfatiza la importancia crucial de lo político-ideológico, es la de Martín Caparrós (2010): “…éste es un mundo tibio, que ve cómo millones de personas mueren de causas evitables sin preocuparse realmente, pero que por otro lado ha conseguido movilizar una enorme cantidad de recursos frente a la amenaza de entibiarse un par de grados más.”

 

Aun estando convencido de que el cambio climático debe ocupar un lugar destacado en la agenda ambiental mundial, me parece que es sano detenerse a analizar los argumentos de quienes piensan que quizás no sea tan prioritario para el sur como lo sugiere el grado de atención que se le brinda desde el norte. Después de todo, la definición de qué constituye “un problema” es un ejercicio político de construcción social (Ingram et al. 2007), con la subjetividad de todo proceso basado en valores e intereses. Hacia el final del artículo, basándome en las cuatro lecciones listadas arriba, propongo dos vías por las que parte de los recursos y la atención dirigidos al cambio climático —independientemente de que los encontremos justificados o no— pueden aprovecharse para reducir la injusticia que representan las desigualdades actuales en el consumo y el acceso a la educación y la salud. En este sentido, mi mensaje es que ya sabemos que existen intereses creados, y que hasta es posible que haya conspiraciones, pero éstos deberían ser tomados como datos, no como excusas.

 

Las ideas que siguen fueron motivadas por la lectura de tres libros: el ya citado Contra el Cambio, de Caparrós (2010), The Climate Fix, de Roger Pielke Jr. (2010) y Daños Colaterales, de Zygmunt Bauman (2011). Como muestran sus subtítulos (Tabla 1), ninguno de los tres fue escrito para ganar amigos. A su manera, cada uno nos enfrenta con varias verdades incómodas, no sólo como investigadores sino también como docentes y ciudadanos privilegiados en tanto profesionales universitarios. En la Tabla 1 se resumen sus principales mensajes relacionados con los temas aquí discutidos, y lo relevante de las historias de vida contrastantes de sus autores. He introducido allí y en el resto del artículo, una docena de frases casi textuales de los tres libros, siempre mencionando al autor, pero sin incorporar la cita formal ni comillas para facilitar la lectura.

(*) Foto: gentileza editorial Perfil


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Referencias


Barker, M. 2009. Environmental Populationism, a dangerous obsession. Swans Commentary. Agosto 10.

Bauman, Z. 2011. Daños Colaterales. FCE, Buenos Aires.

Caparrós, M. 2010. Contra el Cambio. Anagrama, Buenos Aires.

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ISSN en línea: 0327-5477; impresa 1667-782X (español); 1667-7838 (inglés)